Un problema. Un deseo. Un origen.
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Todos a lo largo de nuestra vida tenemos más o menos problemas, la vida es un problema continuo y vivirla es solucionarlo. Desde que nacemos salen a nuestro encuentro nuevos retos y desafíos: nuestras primeras palabras, los primeros pasos, los primeros amigos, etc, etc; y nosotros salimos del paso solucionándolos como bien podemos. Este proceso continúa hasta que surge un problema que no podemos solucionar, se nos termina el tiempo de resolución y fallecemos.
En el mundo de los problemas todo comienza con: reconocer que hay un problema, admitir su existencia, ser consciente (darse cuenta) de que existe…, de lo contrario sería imposible solucionarlo o la solución no sería reconocida puesto que no había ningún problema en primer lugar: "Houston, no hay ningún problema."
Es curioso pero la gente verá la existencia de un problema más fácilmente si este está ligado a su propio interés: "si yo me gano la vida con un martillo, en mi deformación profesional, lo único que tenderé a ver a mi alrededor son clavos". Si no puedes decir por qué algo te interesa o te es difícil de encontrar una razón propia egoísta, es posible que te hayas convertido en víctima de una moda pasajera, una "fashion victim"; o que hayas sucumbido a la presión de las personas de tu entorno, la presión de grupo. Lo cual no invalida el problema pero nunca está de más saber por qué estamos donde estamos.
En fin, una vez hayamos aceptado la existencia del problema, nos quedará definirlo y delimitarlo para llegar a una solución satisfactoria lo antes posible.
Pero un momento, ¿realmente comienza todo ahí?, ¿o acaso hay algo antes?, primeramente, ¿por qué existe el problema?, ¿qué lo origina?. La existencia del problema indica que hay un deseo: "quiero esto", pero no lo puedo tener, hay algo en el camino: un problema. ¿Y nosotros qué deseamos? Pues deseamos cosas que no tenemos, si las tuviéramos ya no las desearíamos. ¿Y por qué las deseamos? Como Aristóteles observó en la antigüedad, hace ya 23 siglos, lo que buscan los hombres y las mujeres, más que cualquier otra cosa, es la felicidad, deseamos aquellas cosas que no tenemos porque esperamos que nos hagan felices o más felices de lo que estamos; mientras que deseamos la felicidad por sí misma, cualquier otra meta: salud, belleza, dinero, poder…; la valoramos únicamente porque esperamos que nos haga felices. ¿Y qué es la felicidad? La felicidad es "disfrutar lo bueno cuando llega y gestionar lo malo cuando llega". ¿Y qué es lo bueno?, podríamos preguntarnos. Cuando tienes un problema, lo bueno es aquello que te acerca a su resolución sin meterte en otros problemas aún mayores; y lo malo, por ende, te aleja o te mete en problemas peores. Lo bueno sólo puede ser entendido desde el punto de vista de lo útil, es bueno para "algo", cuando me acerca a aquello que deseo.
¿Pero qué pasa cuando deseo algo que no tengo? Desear algo que no se tiene duele, por lo que sufro: "el deseo es la causa fundamental de todo dolor". "Desearía que no me doliese la espalda", "desearía que fulanito me hiciese caso", "desearía que estuviese resuelta la hipótesis de Riemann", "desearía tener más dinero", "desearía ser más listo, más popular, más guapo, más alto…". Es ese dolor, o más bien, el querer erradicarlo, el que impulsa a la sociedad o al individuo hacia adelante: "el dolor es la causa fundamental de toda grandeza". Ya que si estuviésemos cómodos con ese "dolor", no avanzaríamos, ¿para qué, si ya somos suficientemente felices?, ¿para qué, si ya estamos cómodos?. Es por ello que quien logre conformarse con lo que tiene llegará a ser feliz, (la virtud suprema debe de ser conformarse), pero no crecerá, sino que se consolidará o estancará e incluso menguará.
Si la siguiente premisa es cierta y la felicidad es "el estado de resolver continuamente nuestros propios problemas", se deduce lógicamente que sólo hay 2 formas de ser más feliz: o te vuelves un experto en resolver tus problemas y conseguir lo que anhelas; o eliges una vida sencilla en la que apenas haya obstáculos.
Elige bien tus batallas.
El problema como elemento de conexión social en el S.XXI
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El problema o dolor, tiene un elemento social muy interesante: un elemento unificador. Porque, ¿qué hacemos cuando no podemos resolver un problema importante por nosotros mismos? Pedimos ayuda a los demás, involucramos a los demás, compartimos nuestro problema; como un bebé involucra a su madre en el acto de llorar. Si pudiésemos resolver todos nuestros problemas solos, no necesitaríamos a los demás, pero como no podemos, los necesitamos.
"El que no puede vivir en sociedad, o que no la necesita porque se basta a sí mismo, debe ser o una bestia o un Dios."
— Aristóteles
Por lo tanto, ¿qué nos une a las personas? Los problemas comunes que no somos capaces de resolver por nosotros mismos, las penas y dolores comunes, como por ejemplo la de la soledad: "Vaya, ¿tú estás sola?, yo también estoy solo. Tal vez podamos estar solos juntos y al menos tenernos el uno al otro." "Tú me rascas la espalda a mí, ese huequito al que no llego; y luego yo te la rasco a ti." Fijémonos aquí, en que, de algún modo, la soledad en sí misma no es más que una forma de imperfección, una señal de que estamos incompletos por nuestra cuenta. Si fuésemos perfectos: totalmente autosuficientes y plenos; no nos sentiríamos solos, y no necesitaríamos nada de nadie. Son nuestras imperfecciones y necesidades las que nos llevan a buscarnos los unos a los otros, a colaborar, a cooperar, y a crear lazos para poder evolucionar y mejorar. En última instancia, nuestro mayor problema es: nuestra propia imperfección. Y nuestro mayor deseo es: que las cosas salgan bien, "subjetivamente perfectas". Para más inri, alcanzar la perfección no es tan sencillo, ya que esta depende del tiempo, las circunstancias y el individuo (organismo viviente). ¿Por qué depende del tiempo?, podemos preguntarnos primero. Cualquiera que haya invertido alguna vez en el mercado de valores o cryptos tiene la respuesta: no es lo mismo invertir antes de que suba todo exponencialmente, lo que sería una decisión "perfecta", que antes de que se desplome el mercado. Segundo, ¿por qué depende de las circunstancias? Imaginemos ahora que tenemos una enfermedad, un catarro común, no es lo mismo tomar un antigripal que someterse a una quimioterapia, nuestras circunstancias determinan nuestro "medicación". Y tercero y último, ¿por qué depende del organismo? Porque lo que sería ideal y maravilloso para un delfín es una pesadilla para una mosca. Por lo tanto, la perfección además de ser subjetiva es un concepto variable que evoluciona con el individuo que la concibe a lo largo del tiempo y sus circunstancias.
"Lo que es perfecto para una araña, es el caos para una mariposa."
— Morticia Addams
Quizás el ejemplo anterior acerca de la soledad sea demasiado actual, pero formar grupos sociales, tribus o comunidades tiene un origen evolutivo y se remonta a tiempos ancestrales en los que los seres humanos se unían para sobrevivir y protegerse; protegerse de problemas más grandes que ellos mismos, aquellos imposibles de ser resueltos fuera de un grupo, tribu o comunidad, como por ejemplo: las manadas de depredadores, construir refugios complejos o mitigar los daños causados por los desastres naturales.
Hay que señalar aquí que este instinto de aunar fuerzas no es exclusivo del ser humano; es una ley fundamental de la propia vida. La supervivencia se vuelve más sencilla cuando los organismos vivos cooperan de forma simbiótica y generan sinergia: cuando se perfeccionan a través de su unión y colaboración. Esto puede verse hasta en el reino microscópico: así fue como las células eucariotas evolucionaron gracias a la simbiosis con procariotas, dando lugar a formas de vida complejas, donde el todo se convirtió en algo mayor que la suma de sus partes: surgiendo así una forma de vida más perfecta.
A día de hoy, esta necesidad de agruparnos frente a desafíos y problemas que nos superan individualmente sigue intacta: seguimos creando comunidades para afrontar problemas juntos: desde retos globales como el cambio climático, hasta asuntos más personales como la salud mental. Estos problemas compartidos nos recuerdan nuestra humanidad común, nuestras imperfecciones, nuestros orígenes, y nos motivan a colaborar en busca de soluciones colectivas que mejoren nuestras vidas y nos ayuden a evolucionar.
En este sentido, puede establecerse una comparación: un ser humano dentro de una sociedad no es más que una célula de un organismo más complejo y más perfecto. Y para que ese organismo, la sociedad, funcione y prospere, sus células: los grupos de personas con valores relativamente comunes y una visión similar de las verdades que los rodean; deben necesariamente cooperar y ayudarse entre sí. Así pues, esta unión de "células humanas" implica que deben existir problemas comunes que quieran afrontar juntos, trabajando al unísono hacia soluciones similares.
Así que, efectivamente, "la unión hace la fuerza", la "fuerza" que necesitamos para resolver el problema. Este es pues el origen de la existencia de: países, partidos políticos, organizaciones, empresas, negocios, familias, grupos de amigos y demás grupos y subgrupos sociales. Aquí podemos observar que no existen 2 países que afronten todos sus problemas de forma idéntica, pues no tendría sentido que existiesen por separado, sino como 1 solo. Si pensamos profundamente, sistemas como el anarquismo, el comunismo, la propiedad privada y el capitalismo..., son combinaciones de trabajo y remuneración para resolver los problemas de un país. Sin contar con que, al vivir en sociedad, los problemas que tiene el prójimo nos acaban salpicando, es decir, en ocasiones los problemas de los demás acaban convirtiéndose también en nuestros problemas, como las goteras de un vecino que se ha dejado el grifo abierto; o como pasa con las guerras y los refugiados. Sí, se puede ser egoísta y a la par desearle el bien a los demás para que al final te acaben ayudando a ti, o al menos, dejándote en paz.
Vamos ahora con la actualidad, hoy, en pleno arranque del siglo XXI, en medio de la 4º revolución "industrial", la revolución digital, vivimos inmersos en una explosión constante de información y opciones que superan con creces nuestros dedos de las manos y los pies. En este entorno saturado, el miedo a ser ignorados, despreciados o simplemente olvidados nos impulsa a destacar para que cuenten con nosotros. ¿Y cómo logramos que cuenten con nosotros? Haciendo hincapié en lo que nos hace únicos, especiales y diferentes; aquello que pensamos que nosotros podemos aportar pero que los demás no: nuestras valiosas ventajas competitivas. Reclamamos atención y reconocimiento mostrando lo que nos separa de los demás, lo que nos hace mejor que ellos: competimos. Sin embargo, este impulso por sobresalir no está generando: una cohesión real, una comunidad o grandes amistades; en especial porque estamos compitiendo como individuos, compitiendo entre nosotros mismos, sin cooperación. Es por ello que paradójicamente, cuanto más conectados estamos digitalmente, más aislados nos sentimos: es imposible generar confianza a través de la muestra de vulnerabilidades en una red hipercompetitiva en la que basta con despeinarse un poco para que te saquen un ojo de la cara. Y es que la gente "perfecta", de anuncio, que en ella aparece es irreal, la perfección en la vida no es común y por lo tanto no inspira confianza, aunque sí puede que provoque admiración.
En resumen, las culturas digitales emergentes actualmente nos ofrecen múltiples formas de interactuar, pero la mayoría de estas interacciones tienden a ser: hipercompetitivas, ruidosas, breves, superficiales, frías e impersonales. La conexión constante a ellas no logra consolidarse en vínculos sólidos ni en una verdadera comunidad: no hay cohesión social. Compartimos instantes, pero no caminos.
Los principales culpables de este aislamiento son los algoritmos personalizados que moldean nuestra experiencia diaria en plataformas y aplicaciones, la falta de comunidades y el continuo cambio de contexto, en el que saltamos de una cosa a otra constantemente. Ya nadie ve "lo mismo" que los demás, una aproximación a una verdad común, sino que gracias a ellos o por su culpa, todos tenemos una experiencia distinta de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, una experiencia que es además adictiva y de duración potencialmente infinita, nunca falta contenido. Estos algoritmos personalizados nos aíslan mientras el exceso de información aniquila lo que serían las experiencias comunes o verdades comunes, viajamos en pompas de jabón, algunas de ellas tan endebles que el mínimo roce puede provocar que explote nuestro mundo o se trastoque permanentemente.
¿Qué significa esto? Que cada vez parece ser más difícil encontrar problemas comunes en torno a los cuales organizarnos. Al intentar destacar tanto, al hipercompetir, nos diferenciamos de sobremanera, al ser nosotros tan "especiales" aparecen multitud de problemas "nuevos", cada uno de ellos de su padre y de su madre. Esta diversidad de problemas nos impide apostar por soluciones comunes, ya que nos resulta complicado encontrar puntos de convergencia entre tantas realidades diferentes. Es como si tuviéramos que sentarnos a la mesa a comer y cada uno de nosotros tuviese una intolerancia o alergia a un alimento distinto y además ni siquiera se los llamase por su nombre: es un lío, y puede que acabemos en el hospital.
No, si ya lo decía el refrán, "divide y vencerás". Las tecnologías que no nos unen en el tiempo terminan por separarnos. Estamos siendo derrotados principalmente por el teléfono inteligente, su uso adictivo desmedido y las experiencias personalizadas que nos ofrecen sus aplicaciones "sociales". Unas aplicaciones que fomentan la socialización digital en detrimento de la presencial; pues eso es lo que beneficia a su modelo de negocio basado en anuncios y publicidad. Pasar de la socialización digital a la presencial podría resolverse fácilmente con un filtro de localización opcional, pero ninguna red social grande lo implementa, prefieren darnos la falsa sensación de que la gente está relativamente "cerca", a unos pocos clicks de distancia.
Lejos quedan los días en los que nuestros problemas principales giraban en torno a la supervivencia básica: labrar el campo y cuidar de los animales para llevarnos algo a la boca. Por aquel entonces las necesidades eran más simples y claras, lo que facilitaba una organización social.
Actualmente hay un exceso de opciones y una individualización extrema, nos hemos vuelto más complejos y esto se refleja en los problemas que tenemos. Pero que no cunda el pánico, no todo está perdido, este problema tiene solución, faltaría más. Bastaría con un poco de introspección y extrospección para averiguar cuáles son los problemas que consideramos más importantes, compartirlos para tenerlos en común, examinarlos, puntuarlos, ordenarlos y agruparnos si es necesario para resolverlos lo antes posible o en un plazo de tiempo razonable.
En una era donde la sobreabundancia de información ha disuelto nuestras experiencias compartidas y cuestiona nuestras verdades comunes, el desafío es encontrar aquello que nos conecte a pesar de nuestras crecientes "diferencias".
Resolviendo problemas
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¿Quién puede resolver los problemas? Aquellos que tienen recursos para llevar a cabo la solución, por ejemplo, si yo necesito una manzana para hacer un pastel de manzana y no la tengo, mi solución será parcial e incompleta. ¿Quién resuelve los problemas de la sociedad o al menos se atribuye el mérito de hacerlo? Los políticos, pero sobre todo los que resuelven son las empresas, sus trabajadores y últimamente el software y las máquinas que trabajan y están disponibles "24/7". Los auténticos creadores de riqueza en una sociedad capitalista en la que existe el libre mercado son las empresas porque son las que tienen los recursos. Cuando tengo hambre y necesito pan, tengo unas 4 opciones: comprar el pan en una panadería, montar una panadería, quejarme a mi representante político que por qué no hay pan en las panaderías, o bien, morirme de hambre.
Los políticos, podríamos decir que son los que se encargan de escuchar a la sociedad para esclarecer y enumerar los problemas que más les importan a sus ciudadanos, los priorizan y proponen marcos de resolución en forma de leyes, regulaciones, castigos, incentivos o programas; utilizando los impuestos, el dinero público, para implementarlos. Si las empresas son las que resuelven los problemas, los políticos son los que se encargan de poner y quitar las reglas del juego de la resolución de problemas: deciden cuándo castigar, cuándo premiar y cómo. Este rol regulador es necesario, como es necesario que el cerebro regule la temperatura corporal. Creo que a todos nos ha beneficiado que la Coca-Cola ya no contenga cocaína para hacerla "extremadamente adictiva".
Ni que decir tiene que no se pueden regular los problemas que aún no se han resuelto, porque ¿cómo regulas aquello que desconoces?, ¿cómo regulas lo que no comprendes, lo que no puedes definir? Es por ello que la regulación debe venir siempre después de que exista una solución al problema en cuestión.
¿Qué problemas puedo resolver? Sólo los de 2 entidades: los tuyos o los de los demás. Así como el punto en que se solapan y convergen las 2 entidades anteriores: los nuestros.
¿Bueno, y cómo se pueden resolver los problemas? Principalmente hay 2 formas de afrontar un problema: podemos evadirnos y evitarlo para ignorarlo (huir); o podemos ir probando soluciones hasta que haya una que nos satisfaga (atacar), una solución que no sea peor que el problema en sí. Sin embargo, para resolver problemas de manera efectiva y sistemática yo recomendaría usar el método científico todo lo posible. Este enfoque basado en datos, la observación, la hipótesis y la experimentación permite explorar soluciones de manera lógica y organizada aumentando las probabilidades de éxito y minimizando errores.
¿Cómo elegir el problema a resolver, cómo organizar el flujo de trabajo? Usando la matriz de Eisenhower, que clasifica los problemas según la urgencia e importancia; y la intersección de los siguientes campos del diagrama de Venn:
- (A) El problema debe ser importante.
- (B) Debe existir una posibilidad razonable de encontrar una solución.
- (C) Debes contar con una "ventaja única", algo que te haga adecuado, para resolver dicho problema.
Y recuerda, solamente merece la pena pre-ocuparse del problema si luego te vas a ocupar de él.
"Si tus problemas tienen solución, no te preocupes; si tus problemas no tienen solución, no te preocupes."
— Confucio
También cabe mencionar aquí que cuando la gente reza, básicamente lo que está haciendo es delegar en Dios la resolución del problema, pidiéndole a Dios que resuelva sus problemas, preocupando a Dios. La preocupación puede ser un precursor de la solución porque focaliza nuestra atención, pero al final, lo que realmente importa es nuestra capacidad de actuar ante los problemas, el buscar soluciones efectivas y aprender en el proceso; no el rumiarlos. Y es que la preocupación o el rezo no resuelven directamente nuestros problemas, como sí lo hace nuestra disposición de enfrentarlos con las herramientas adecuadas.
Elige bien tus problemas, afróntalos mientras quede tiempo en el reloj, ponte con ellos, puedes simplemente, seguir intentando cosas, e ir encontrando diferentes soluciones, o mejorándolas.
O huye, la decisión es tuya.
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Oh geez, ¡este es el final del tutorial!
¡Gracias por leer todo esto!
Sinceramente,B.F.P.